Perfil del programa

Inclusive Sports

Cuando el deporte niega las oportunidades, la capacidad no sirve de nada

Autores

Pablo Elipe-Lorenzo es investigador en la Universidad Pontificia de Salamanca, España. pelipelo@upsa.es

Pelayo Diez-Fernández es profesor e investigador en la Universidad de Oviedo, España. diezpelayo@uniovi.es

Brais Ruibal-Lista es profesor e investigador en la EUM Fray Luis de León, de la Universidad Católica de Ávila, en Valladolid (España). brais.ruibal@frayluis.com

Sergio López-García es profesor e investigador en la Universidad Pontificia de Salamanca, España. slopezga@upsa.es

Resumen | Muchas personas con discapacidades desean practicar deporte en sus comunidades locales, pero con frecuencia se enfrentan a obstáculos como los altos costos o las normas que las obligan a formar grupos separados. El modelo deportivo de «capacidades mixtas» pone de relieve las ventajas de la inclusión y muestra lo que ocurre cuando todos juegan en el mismo equipo.

Los estudios demuestran de forma sistemática que las personas con discapacidades quieren practicar deporte, valoran lo que el deporte aporta a sus vidas y, con frecuencia, prefieren los entornos comunitarios compartidos a los programas separados. Sin embargo, una revisión sistemática reciente publicada en *Frontiers in Sports and Active Living* (bit.ly/41gBqjx) deja igualmente claro que los deportes mayoritarios siguen viéndose afectados por barreras como la falta de accesibilidad de las instalaciones, las limitaciones en el transporte, la escasa información, los altos costos, las actitudes negativas, la falta de capacitación del personal y los prejuicios discriminatorios profundamente arraigados sobre quiénes pueden participar en los deportes convencionales. El problema, entonces, no es la falta de interés o habilidad. El problema es que los sistemas deportivos siguen organizándose de formas que limitan la participación real.

Tres hombres de diferentes edades juegan al baloncesto.

Los estudios demuestran de forma sistemática que las personas con discapacidades quieren practicar deporte, valoran lo que el deporte aporta a sus vidas y, con frecuencia, prefieren los entornos comunitarios compartidos a los programas separados. Sin embargo, una revisión sistemática reciente publicada en *Frontiers in Sports and Active Living* (bit.ly/41gBqjx) deja igualmente claro que los deportes mayoritarios siguen viéndose afectados por barreras como la falta de accesibilidad de las instalaciones, las limitaciones en el transporte, la escasa información, los altos costos, las actitudes negativas, la falta de capacitación del personal y los prejuicios discriminatorios profundamente arraigados sobre quiénes pueden participar en los deportes convencionales. El problema, entonces, no es la falta de interés o habilidad. El problema es que los sistemas deportivos siguen organizándose de formas que limitan la participación real.

Parte de la dificultad es también de carácter conceptual. La forma en que hablamos de la discapacidades y el deporte con frecuencia enmascara el problema en lugar de aclararlo. El término «inclusión» se utiliza hoy en día de forma tan amplia que puede referirse a casi cualquier cosa. Pero ¿la presencia de una persona con discapacidad hace que un programa sea automáticamente inclusivo? Si la única opción realista disponible sigue siendo una vía paralela, adaptada o segregada, ¿podemos hablar realmente de libre elección? Estas cuestiones son importantes porque la inclusión no consiste simplemente en acceder a un espacio. También se trata de que haya opciones significativas dentro de él.

Por eso, la inclusión no puede reducirse únicamente al acceso. También tiene que ver con la elección, con la posibilidad de decidir entre oportunidades reales y valiosas. Si el mundo del deporte ofrece a las personas con discapacidades principalmente espacios separados o adaptados, las opciones ya se han reducido antes incluso de que nadie pise un campo o una pista. Desde esa perspectiva, la autodeterminación cobra una importancia fundamental. Una persona no puede ejercer plenamente su derecho a elegir si el sistema ya ha decidido, en la práctica, a qué grupo puede o no puede pertenecer.

Es aquí donde la investigación sobre el programa de grupos de nivel mixto aporta una contribución importante. Nos ayuda a ver qué ocurre cuando la inclusión deja de considerarse una excepción y pasa a formar parte de la vida cotidiana de un club deportivo. Un estudio de 2026 publicado en Frontiers in Sports and Active Living (doi.org/10.3389/fspor.2025.1520962) muestra que el uso de reglas estándar se consideraba que ofrecía una experiencia de juego auténtica y sin alteraciones, en la que los participantes afirmaban no haber tenido la oportunidad de participar anteriormente, mientras que las reglas adaptadas se percibían como algo que resaltaba las diferencias y que, cuando no era deseable, podía limitar el desarrollo de los jugadores. Además, un estudio publicado en la revista *Social Inclusion* (bit.ly/3QhL3Mq) demuestra que, cuando las personas con y sin discapacidades entrenan y compiten juntas a lo largo del tiempo, en entornos ordinarios y dentro de una cultura compartida de pertenencia, los efectos van mucho más allá de la mera participación. Las redes sociales se amplían, el capital social crece, el apoyo mutuo se fortalece y las actitudes hacia la discapacidad comienzan a cambiar. Otro estudio reciente publicado en la revista Sports (doi.org/10.3390/sports13070208) reveló que una participación más prolongada en el rugby de nivel mixto se asociaba con una mayor calidad de vida percibida, incluso entre las personas con mayores necesidades de apoyo. Los participantes describieron la experiencia como inclusiva, acogedora, agradable y profundamente vinculada a la vida de la comunidad. Hablaron sobre la toma de decisiones, el apoyo a los compañeros de equipo, el sentirse respetados y el descubrir oportunidades que antes no estaban a su alcance. En este estudio, algunos jugadores señalaron lo siguiente:

«Me ha cambiado la vida porque ahora puedo practicar un deporte de equipo». «Y lo que yo jugaba estaba segregado».

«Hay inclusión si nos unimos todos; si nos separamos, ya no es lo mismo».

Lo que se desprende de esta investigación no es solo un modelo deportivo diferente, sino una forma diferente de entender el sentido de pertenencia. ¿Qué cambia cuando a los deportistas con y sin discapacidades ya no se les asignan roles distintos? ¿Qué ocurre cuando a algunas personas ya no se las trata como ayudantes, voluntarios o casos especiales, sino simplemente como compañeros de equipo? En muchos entornos deportivos, la inclusión sigue funcionando a través de una jerarquía sutil: un grupo participa plenamente, mientras que al otro se le admite de forma condicional. Las investigaciones sobre las clases con alumnos de distintos niveles cuestionan esa lógica. Esto sugiere que las personas tienen cabida en el deporte no porque alguien les haya cedido generosamente un espacio, sino porque forman parte de la misma comunidad deportiva. En ese proceso, la conocida división entre «nosotros» y «ellos» empieza a desvanecerse, ya que las personas con discapacidad ya no se ven únicamente como personas que necesitan apoyo, sino también como compañeros de equipo en igualdad de condiciones que, a su vez, apoyan a los demás. En el contexto del baloncesto de nivel mixto, un estudio que publicamos en 2026 (bit.ly/4elpfd6) muestra que este cambio de perspectiva también se produce entre los jugadores sin discapacidad, que pasan de desempeñar un papel percibido como de voluntariado a ser plenamente reconocidos como compañeros de equipo en igualdad de condiciones. Algunos participantes en el estudio afirmaron:

«No soy un voluntario, soy un jugador más, igual que alguien con síndrome de Down… Solo soy un jugador como cualquier otro».

«Desde el punto de vista social, sí, es estupendo contar con personas con discapacidad, pero yo no lo veía como si estuviera «haciendo trabajo social». «No, estamos jugando al baloncesto».

Dos equipos de baloncesto femenino en la cancha.

Un estudio que compara el rugby y el baloncesto de nivel mixto, publicado en Frontiers in Sports and Active Living (doi.org/10.3389/fspor.2026.1769269), ha revelado que ambos deportes obtienen buenas puntuaciones en aspectos como la inclusión, la visibilidad, el entrenamiento y la participación. Los participantes en el rugby tendían a describir una experiencia más consolidada, probablemente porque el modelo ha tenido más tiempo para desarrollarse en ese deporte. Aun así, la lección general es clara: el éxito del deporte con grupos de diferentes capacidades depende menos del deporte en sí mismo que de la cultura que lo rodea —de las relaciones, de las expectativas dentro del club y de si la discapacidad se entiende desde una perspectiva social y basada en los derechos, en lugar de desde una perspectiva médica o caritativa—.

Al mismo tiempo, los estudios dejan igualmente claro que la inclusión no surge únicamente del simple contacto. Estos procesos requieren unas condiciones específicas: continuidad, capacitación, entornos acogedores, comunicación accesible y una comprensión clara de lo que realmente está en juego.

Sin esas condiciones, la inclusión corre el riesgo de convertirse en poco más que una etiqueta, frágil, inconsistente y dependiente de la buena voluntad individual más que de un cambio institucional.

A la luz de las pruebas, es difícil no llegar a esa conclusión. Las personas con discapacidades no necesitan que el deporte rebaje sus expectativas para poder participar. Necesitan que el deporte amplíe su visión de quiénes pueden formar parte de él. Para ello se necesita algo más que programas, eslóganes o gestos simbólicos. Para ello es necesario cambiar las estructuras que determinan el reconocimiento, la participación y el derecho a estar ahí. Porque cuando las oportunidades escasean, la capacidad no basta. Pero cuando las oportunidades son reales, la inclusión deja de ser una mera promesa abstracta. Se convierte en una forma diferente de concebir la vida en el deporte.

Financiamiento

Los autores declaran que se ha recibido apoyo financiero para la publicación de este artículo. Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Administración General del Estado. Gobierno de España (Subvención PID2022-140533OA-I00 financiada por el MICIU/AEI/10.13039/501100011033 y, en su caso, por el FSE+). Respaldado por el contrato predoctoral del primer autor (referencia: PREP2022-000971).